Por favor, no te introduzcas en mis sueños.
No me beses ni me acaricies aún sabiendo que al despertar no estarás a mi lado.
No me llames ni me abraces.
No me lances esas miradas y sonrisas que sabes que me ponen como boba.
Y es que te haz colado a los recintos de esta habitación que ya no es mía. No puede serlo si más de una vez la hicimos nuestra.
No me acorrales en los rincones, no me ahogues de besos y promesas que pasarán en la mañana.
Respira, vive, habla; pero en mi realidad.
Esa que modificaste a nuestro antojo. En donde habían bromas, cigarrillos, risas, silencios acompañados y abrazos sin peticiones.
Miradas dulces, miradas cargadas de tantas emociones que me encantaba descifrar ese enigma que veía en tus ojos... Pero ya los míos están apagados, se quemaron las luces que habían en ellos. Están ciegos. Ciegos de todo: de ausencia, de tristezas, de mares de llanto; desde que no estás aquí.
Porque calaste todo en mí. Mis barreras, mis sentimientos, mis sueños y hasta mis metas.
Y siempre pregunto en la mañana, al despertar, empapada en lágrimas y recuerdos, ¿qué nos pasó?
Me gusta pensar que no era el momento, que puede darse de nuevo más adelante, porque a fin de cuentas cuando amas a alguien queda registrado en ti. En tu vida, en tu ser, en tu corazón.
Si amas a alguien, cualquiera que sea la adversidad queda esfumada. Huye al exilio; me gustaría pensar que será así. Que allí estarás, que allí estaremos. Porque yo no pensaba que me iba a enamorar, que nunca ibas a llegar a mi vida y hoy que necesito de ti, que te has vuelto irreemplazable, no pienso decaer tan rápido.
No sin luchar, no sin dar todo por el todo.
No sin saber en realidad si somos o no un final digno para contar.
Te amo, y eso me basta de motivo para seguir pensando que estarás, que permanecerás, que estaremos allí viejitos recordando tanto drama y locura que colmó cada uno de nuestros días.