miércoles, 29 de enero de 2014

Quién

Quién iba a pensar que la niña soñadora que era, a los 18 años en vez de ser cantante estuviera sumergida en vicios estúpidos, viviendo en otra ciudad, enamorada de alguien a distancia y loca por la escritura. Viviendo su día a día con el pensamiento de si contraerá una extraña enfermedad que acabará con la perspectiva de su futuro.
Quién iba a pensar que yo llegaría hasta aquí. Lo que me hace pensar que el futuro, por más que quieras, no va de la mano con un libreto el cual diseñas y tiene que regirse letra por letra.
Quién pensaría que mis padres se separaran por un capricho, por una aventura. No pensé en tener una hermana más (y no me sorprendería tener más, por lo visto. Dejemos las posibilidades abiertas).
A la final nadie piensa. No pensaba hoy o toda esta semana estar como zombie por situaciones ajenas de la vida y ajenas a mí; que mis caminos se iban a cerrar en un momento.
Quién diría, quién diría.
No pensaba estar inconforme con mi cuerpo o con, a veces, mi manera de hablar.
Que odiaría mi vista y de vez en cuando mis lentes.
No creí llegar a ser tan social como soy ahora y hasta a veces dejo de serlo.
Entrar en depresión, querer aprender inglés y adquirir ese raro gusto por viajar por más que odie las nauseas de la carretera.
Dejaría de morderme las uñas, comer  platos que antes aborrecía y llegar a enamorarme.
Todavía recuerdo la transición que había hecho de mis 12 años hasta los 18 en unos dibujos que, desgraciadamente, extravié y que me gustaría tenerlos en mis manos.
Dejé de cantar, en el sentido que mi voz  “melódica” cambió. Que la suplantó el gusto por escribir y por leer. Gustarme ahora el rojo cuando vivía y moría por el rosa, ew.
Verle sentidos distintos a la vida, conforme a las opciones que tengo.
El método científico no hizo de mucho en esto.
Conservé a mis amigos, después de todo y otros más se unieron a mi modesto círculo.
A pesar de todo no puedo decir  que no quisiera cambiar nada en todos estos años porque, créanme, de veras que quisiera;  PERO EL MUNDO NO ES UNA FABRICA QUE CONCEDE DESEOS.

Tocará seguir los caminos que hayan, estén abiertos o no y quedarme con mi extraña satisfacción de que viajar lejos de aquí me hace ser una persona totalmente distinta.

domingo, 26 de enero de 2014

Feliz aniversario

Bajaba del autobús, dispuesta a encontrarlo.
Mi equipaje sencillo me hacía fácil el recorrido hacia el centro de comunicaciones al que quería llegar.

-Una cabina, por favor.

El chico del mostrador me enseñó una sonrisa y me entregó la ficha con el número de la cabina a usar.

-Gracias.

Sólo podía repetir todo mi plan a ejecutar en mi mente.
"Tú puedes" era la único que me repetía.
Marqué los 11 dígitos en el teléfono y esperé a que su voz inundara mis oídos y pudiera empezar mi juego.
"Esto es una locura" decía mi sentido común.
¿Han sentido ese revolcón que te da en el estómago cuando estas ansioso o a punto de salir en público?
Pues así me sentí, y ¡qué estúpida! Sólo estaba esperando a que él contestara y no podía parar de temblar.

Un tono. Dos tonos. Tres tonos... no contestó

"Bueno, seguro está en clases"
Claro, salí un jueves al mediodía, para lo que hoy ya era viernes y él si tenía clases en la universidad a esta hora.
El recorrido había sido largo.
La idea era llegar y llamar desde un centro de comunicaciones para que viera el código de área; allí es que todo empezaría.
Salí de la cabina, pero me senté en una banca esperando máximo una hora para volver a marcarle o en su defecto, aunque no quisiera, mandarle un mensaje PIN.
Jugué con mi Blackberry, navegué un rato, hablé con mi prima y ya se había pasado mi hora.
Toda chica tiene un As bajo la manga, y pues claro me tocó usarlo ya que el querido chico al que venía a visitar no contestó su asombroso celular.

Le escribí un PIN diciendo:
Creo estar llegando a tu ciudad. ¿Dónde podemos vernos? No conozco ningún lugar aquí.

Introduje su dirección PIN y ya a las 5:30 pm salía la D confirmando mi envío.

Recibí una respuesta a los 5 minutos:
Vaya, la verdad no creo aún que estés justo aquí. Estoy saliendo de clases justo ahora.
¿Te parece vernos en el cetro comercial que está cerca del terminal? Ya sabes, para que no te compliques tanto.

Mi corazón rebotaba como loco dentro de mi caja torácica, a punto de darle un infarto fulminante al miocardio. Calme mi presión y le respondí que estaba bien. Él me dijo que llegaba en 30 minutos.
Tomé mi equipaje de mano, me puse mis inseparables lentes de sol junto a ese gorro que últimamente no dejaba de usar aunque hiciera un calor infernal.

Realmente soy de las chicas que poco le importa la opinión de las demás personas. Tantos golpes en la vida y revelaciones con otras personas aprendí a ser antiparabólica.
Pedí algunas indicaciones y creí llegar al lugar en el que mi chico me dijo.
No fui muy lejos y me quede cerca de lo que parecía la entrada de aquel sitio.
Temí estar en el lugar equivocado, hasta que lo vi llegar

-Hola -me dice muy tranquilo el hijo de playa este.
-Maracay es HORRIBLE, aunque la prefiero antes que a Cd. Bolívar -dije yo haciéndolo reír con mis comentarios fuera de lugar.

Él sólo me abraza. Claro, lo entiendo. Es lo menos que debería recibir luego de tanta ausencia por parte de los dos y su situación sentimental actual.

-Entonces, ¿me contarás cómo se te ocurrió esta loca idea y entre semana? -me dijo luego de que tomáramos asientos en unos bancos del centro comercial.
-Bueno, estaba en una de mis crisis existenciales de los miércoles, ya sabes que los odio; cuando mis amigos me invitaron a tomar unos tragos que me dijeron: "Oye, estas libre lo que te queda de semana y no viajarás a ver a tus padres ¡Visita a Andrew! Y heme aquí. Tome un autobús en la madrugada y llegue hace como tres horas.
-Vaya, sí que el alcohol te hace volar, jaja. Pero, atribuyamosle esta buena causa por su intromisión en tus miércoles de odio-mi-vida.
-Imbécil.

Y rió, como siempre recordé en llamadas y videochats.
Después de un buen rato charlando de cómo estaba la universidad, nuestros padres, amigos que conocíamos, etc; ya eran las 8 de la noche y el centro comercial cerraba dentro de poco.
Compramos una pizza para llevar, una cajetilla de cigarrillos y nos fuimos a un hotel.
Pagamos la habitación y seguimos hablando, como viejos amigos, pero con la pena de saber que lo había perdido como algo más.
Cometió la estupidez de pedirme acostarme boca abajo en la cama mientras se quedaba acostado de espaldas en el piso, según, por su seguridad mental.
Querido, lamento haber sacado los atributos físicos por los genes de mi madre.
Aunque la camisa roja con negro que cargaba tampoco ayudaba.
Esa que tanto le encantaba ver.

-Esto es estúpido -dije una vez que estábamos acomodados y con un cigarrillo acabado de encender-. En serio, ¿qué tienes en contra de mostrar mercancía?

Sabía que eso lo iba a hacer enojar.

-Porque NO. Y punto. Agradece que no te mande a taparte de pies a cabeza con las sábanas.
Aspiré el convertible y sentí la menta en mi garganta.
-Okay, imbécilo, sólo por hacer de mi estadía lo menos estorbosa para ti.

Exhalé el humo y sólo me miró.
Se levantó del suelo pero permaneció sentado.
Recostó su espalda en la cama, a mi lado y sólo sacó tu zippo y encendió un cigarrillo.
Fumamos media caja esa noche.
Disfrutamos del silencio hasta que llegamos al filtro.
Iba a encender otro cuando tomó mi mano y me miró como antes.

-Realmente te extrañaba mucho -musitó en voz baja.

No podía sostenerle la mirada, quería a llorar. No eran las palabras que esperaba escuchar.

-Tengo algo que darte -dije.
Busqué mi bolso en la cama y saqué un cuaderno, en él estaba aquella postal que prometí un día darle.
Le entregué el sobre, lo abrió y miró la foto.
- Hermosa -dijo.

No aguanté y lloré.

Me miró llorar durante unos 5 minutos, luego me abrazó y lloré una media hora más.
No me dijo nada, sólo se quedó allí quieto. Prestando su hombro.
Todo se me nubló. Vi que ya no me amaba como yo lo hacía.
Sentir su abrazo fue lo mejor y lo peor.

-No necesito tu lástima, nunca la he querido -me alejé de él mientras me limpiaba las lágrimas.
-Esta bien -dijo, y eso, me rompió el corazón.
-Son las dos -le dije levantándome de la cama yendo al baño-, quédate a dormir y me acompañas más tarde al terminal. Dejé unas cosas pendientes en Bolívar.

No le di tiempo para contestar y me metí al baño a ducharme.
El agua que recorría mi espalda parecía ácido, en vez de calmarme me dolía.
De todas maneras, ¿quién era yo para llegar como si nada a su ciudad, a su vida?
I'm Anything.

Al salir lo encontré en la puerta, sentado.
Se levantó, me miró a los ojos y me besó.
Yo sólo sostenía la toalla pegada a mi cuerpo e inconscientemente cerré los ojos y me dejé llevar.
Al llegar a la cama entre cada beso y cada prenda que quedaba, aunque fuera poca, me susurraba "te amo", "no me dejes", "eres tan hermosa", y hasta un "no pareces real".

Jamás en mi vida había creído en esas cosas de los fuegos artificiales al besar a alguien o que se te olvida tu alrededor y ni recuerdas tu nombre.
Pues me pasó.
Estando recostada en su pecho, arropada junto a él, me preguntó cuál era el motivo final de mi visita y le contesté: Sólo quería desearte un feliz aniversario, amor.

viernes, 17 de enero de 2014

La cita

Sólo estaba en el café y de repente él llegó como ángel caído del cielo.
Como príncipe azul salido de un cuento de hadas.
Vino directamente hacia mí y su tarjeta de presentación fue un beso quemando mi mejilla.
Su historia venía reflejada en sus hermosos ojos avellana.
Una sutil inocencia representada en las pecas dispersas en sus pómulos y nariz.
Su sonrisa fue el anzuelo perfecto para caer en su enredo.
Y ese: "Hola, ¿cómo estás?", en ese tono de voz fue una invitación de primera clase al cielo.
Su aliento fue más embriagador y lleno de una futura adicción que el vino más añejo que pueda existir.
Su porte envidiado por el mismísimo Arcángel Gabriel...
Y simplemente le respondí: Esperándote.
Sonó tan tierno que me era difícil reconocerme.
Las puertas de su alma fueron abiertas en el momento en que dije esa simple palabra.
El volcán hizo erupción al ver sus ojos brillar, y una sonrisa curva supo cautivar e iluminar más aún su rostro.
Y fue allí que caímos en esta situación.
Él del Centro y yo del Sur.
Y cada mes.
A las 10:36 am.
En ese mismo café repetimos una y otra vez el momento en que un "Hola, ¿cómo estás?"; cambió por completo nuestra manera de vivir y sentir girar el mundo.

jueves, 9 de enero de 2014

Mi mente y sus momentos

A veces odio mi capacidad para recordar.
Realmente la odio.
Dicen que para inmortalizar un momento no hace falta una cámara. La mente guarda imágenes más claras y vivas que una fotografía.
La mía, no tanto.
Mi cámara portátil, incluida desde que tengo memoria, no logra recordar caras.
Sí, recuerda algunas facciones, pero no las une.
También odio mi capacidad de reaccionar ante situaciones imprevistas.
No analizo al instante, sino a largo plazo.
La vez que nos vimos por primera vez, recuerdo TODO y ahora es que siento bien y le encuentro mitivos a mi mutismo y el no poder mirarte a los ojos.
Bobeando por tu sonrisa.
Tú riéndote de mí.
Mis mejillas más allá del rojo borgoña.
Tus manos y las mías.
Esos abrazos que anhelaba hace años.
Tu tono de voz.
El color de tus ojos.
Tu cabello, o lo poco que vi de él gracias a esa fastidiosa gorra que siempre traes puesta.
Sólo tú.
Sólo ahora me doy cuenta lo mucho que desperdicié y no aprovechar de forzar un poco mi mente e inmortalizarte más.
Ahora extraño lo que siempre tuve, un poco de tu voz.
Te extraño, y eso que sólo te he visto una vez.
Te amo desde que te hablé por primera vez.
Pero mi torpe mente y yo no te merecemos, ¿o tú no me mereces?
Quiero llevarte a la luna.
Sentir un calambre en mis labios.
Que se tranque mi circulación de tantos abrazos.
Que me de gangrena de tantas caricias y que se me congele la respiración por cada palabra dicha de tu boca.
Bailar el vals burlándonos del destino, y también de la muerte, ¿por qué no?
Ahogarme en un mar de lágrimas luego de decir un "Acepto" frente al altar y al oír el llanto de nuestro primer hijo al nacer.
Discutir porque nunca falta.
Y reconciliarnos. Tú entrando a la casa luego de un día de trabajo con un ramo de rosas y claveles. Yo con una cena sólo para los dos y arreglar el resto en la habitación.
Reuniones familiares, viajes.
Pero amo a mi mente cuando recrea cosas que pueden pasar en el futuro.
Pero sigo odiando el momento en que se le olvidó preguntarme qué quería recordar y qué no.
Sólo sé que tengo miedo de no recordar nada.
Mejor dicho, miedo a no recordarte.
A ti y a nuestros mejores momentos.