martes, 7 de octubre de 2014

Vicios

He llegado a pensar que necesito ayuda, o que tú la necesitas más que yo.
Estamos envueltos en el vicio más dañino de la vida, el amarnos.
Quiero entender qué es lo que pasa por tu mente al dejarme ir y luego regresar.
Quisiera que entendieras que no soy un juguete del que te aburres y luego vuelve de nuevo el encanto.
No.
Soy de carne y hueso. Siento tu lejanía y tus insultos.
Tu maltrato y tus instintos bipolares.
¿Qué te cuesta arriesgarte?
O mejor, ¿Por qué no te alejas definitivo?
Eres un vicio que cala, que rompe y deshace cada parte de mi sistema nervioso.
Que destruye y desbarata de a poco ese amor que cada día se va muriendo.
Va muriendo de violencia doméstica. Va muriendo con una sobredosis de mentiras.
Sobredosis de excusas. Sobredosis de lejanía y ausencia.
Está muerto del cansancio, pasando noches en vela esperando a ver si tocas la puerta.
Muerto de los nervios de no saber qué hacer y cómo reaccionar al verte de nuevo. Si es que te ve.
Se va llenando de odio y de rabia al ver que no haces nada para luchar, sólo merodear detrás de las sombras de extraños sin el valor de decir un "Hola" o un "Lo siento".
Esperando siempre ser yo la que de el primer paso y cada vez que lo hago soy yo la que dice la última palabra.
Y es allí cuando yo soy la viciosa.
Fumándote en cigarrillos y bebiéndote en botellas de Tequila.
Queriendo que seas tú el que escribas, el que me busque.
Porque yo ya estoy cansada de buscar el tesoro y encontrar sólo arena.
Porque yo trato de dejar los vicios.
Trato de tomar mi faceta orgullosa y vociferar a los cuatro vientos que no me haces falta. Que sólo quiero ver que sufras, más de lo que yo estoy tratando de ocultar.
Porque ya no quiero verte, no quiero oírte. Y que si en algún momento la razón te cuestiona y como siempre le huyes al instinto, por una vez en tu vida síguelo. Él no te fallará.
No diré que estaré esperando, así que tendrás que atenerte a las condiciones en las que me encuentre.
Voy a depurarme, voy a rehabilitarme. De ti. De tus besos, de tus letras, de tus abrazos y de tu ego gigantesco.
Voy a darme una nueva oportunidad.

martes, 9 de septiembre de 2014

Explosión de neuronas

¿Cómo llamarle a ese acto posesivo que me impulsa a, que a pesar de todo, no te deje ir?
¿Cómo seguir mis creencias?
¿Cómo dejar de creer?
Y es que lo amo tanto que no sé qué hacer al respecto.
¿Será huir? ¿Por qué huyes?
¿No te basto? ¿No soy lo suficientemente fuerte?
¿Por qué todo se derrumba después de que construí un rascacielos de ilusiones?
¿Qué es amar? ¿Qué es ser querido?
Busco en cada rincón de la habitación el por qué te quiero estando tan lejos.
¿Para qué querer si duele?
¿Para qué amar si destruye?
Dios mío, será que tanto amor no me cabe en el pecho y sólo trata de compactarse junto a miles de recuerdos.
¿Por qué te vas, mi cielo, y me dejas sin estrellas?
Me estrellas contra el núcleo de la Tierra y quema tanto este querer que moriré calcinada junto a tus recuerdos.
Cuántas lágrimas han de caer en el suelo para que se fecunde una realidad tan soñada en estos tiempos.
¿Cómo no amar? Si es el dolor más exquisito que se podría experimentar.
Huyo. Huyo muy lejos pero este querer sigue aquí, conmigo. Rondando en la soledad de esta sala, tratando de plasmarse en esta casa y en esta vida que está tan llena de ti, y que no me pertenece.
Creer. De qué vale creer en todo lo bueno si el mal ronda en cada rincón de mi cuerpo y no hay sustancia que depure tanta angustia que me causa el verte partir.
"Cómo no creerte, mi vida, si tus negros ojos lloraban por mí".
No temas, viejo amor, que aquí estoy para salvarte.
¿Qué salvación existe, si tú mismo eres mi condena?
Eres esa cruz que llevaré en la espalda dándole la vuelta al mundo mil veces y no cae. Lastima con cada pisada que anclo en esta tierra junto al no saber si volverás.
¿O será que me he vuelto tan loca que no veo con claridad y saco conclusiones tan apresuradas?
Me dueles, tú me dueles.
Y seguirás doliendo en lo más profundo de este ser que se parte en infinitos pedazos por no saber lo que es conveniente para ambos.
Te amo ardientemente y no descansaré hasta que mi pecho se rompa y me llene de adrenalina todo el cuerpo.
Hasta que mi última neurona muera y me provoque el olvido, o peor, la muerte.
Hasta que mis pulmones se cansen de ti. De tus suspiros, de tus alientos, de esa voz de tabaco y whisky que impregna y recorre mi circulación.
Hasta que tus ojos me miren y me digan una verdad que duela y no una mentira que no angustie.
Hasta que mis besos dejen de ser útiles para reparar ese pasado que trunca este presente, y más allá, nuestro futuro.
Ámame con locura. Nunca un loco amó tanto en esta vida.
No me quejes, que te necesito, Ancla. No me dejes ahogarme en un mar de desidia, un mar en el que no estás aquí.


domingo, 27 de julio de 2014

Mi manera

Pero nunca dejes de llamarme amor, ni que dejes de ser un amigo antes de todo.
Que no dejes de mirarme como lo haces, que no dejes de demostrarme que aquí estás.
Que tu rompes esos muros que me aplastan. Que tu abrazo es mi refugio.
Que puedo reírme a carcajadas y dar vueltas en la cama mientras me dices que no tengo remedio.
Que volteo y estás allí sonriéndome, como si fuéramos irreales.
Que el marrón más bonito lo encuentro en tus ojos.
Que lo mejor para combatir el frío son tus abrazos y besos en la frente. No los cigarrillos y la calefacción.
Que la habitación puede llegar a ser inmensa y que la puede invadir el miedo y la oscuridad, pero tu sonrisa es esa luz que alumbra mi camino, y pelea contra mis monstruos.
Que no es el humo de tabaco lo que nos difumina, es el pasado que no se cansa de volver.
Que podemos permanecer callados, disfrutando esa nada sutil y callada mientras tú me miras y acaricias mi mejilla mientras yo con los ojos cerrados juego con tu cabello.
¿Música? No hay.
No cuando la frecuencia de nuestros corazones se acelera y danzan a un compás exquisito que ni nosotros podemos detener.
Porque recostada en tu pecho oyendo tu respiración acompasada encuentro la mejor balada.
O que me cuentes historias sin fin hasta dormir.
Que drenes tanto que me dejes indefensa ante ti.
Y me entrego, te entrego todo lo que poseo y puedo dar.
Mis ganas de vivir, mis ganas de sentir, mis ganas de ser alguien mejor junto a ti.
¿O es que es un pecado amar así?
Rompiendo las cadenas del exilio y huyendo de la desidia, alejando la melancolía y la monotonía de aquí.
Que hacer todo diferente sea nuestra rutina.
Que nos refugiemos en las noches junto a una guitarra ahogando el llanto y quebrando la voz con una serenata al infame destino.
Que construyamos nuestra burbuja sin alejarnos del mundo real, queriendo ir en contra del mismo y guiados por nuestros ideales forjados por la experiencia.
Que nos amemos con y sin fronteras.
Que me dejes ayudarte a mi manera.




viernes, 21 de marzo de 2014

17 de febrero del 2014

No creí estar lejos hasta que desperté esa noche en el autobús, tanteé el espacio a mi lado y no estabas allí. No pensé que tenía un hogar hasta aquella mañana en que, luego de una noche de pasión, desperté y me encontré refugiada en un abrazo.
Que duro ha sido dejar tu casa y en ella mi vida entera. No supe lo que era ser amada hasta que tus manos recorrieron el sendero en mi cintura. No supe, y cuánto hubiera dado por saberlo en ese momento en que mis ojos se perdieron en los tuyos mientras me cantabas canciones de amor.
Que tonta, que triste.
Qué triste sentir el calor de otro lugar cuando tú no estás a mi lado.
Las flores marchitas del pasillo del edificio es en lo que se convirtió ahora mi vida.
 Esas manos que me guiaron en toda mi estadía y no me soltaron ni un segundo. No me dejaste caer. Pero qué triste la historia del príncipe con su princesa en ese castillo de mármol y ventanas de cristal, donde todo era imperturbable. Qué lejos se siente el llano de mis dedos, que melancólica se ha vuelto la luna. Mi compañera, aquella a quien le juraste no dejarme se parte cada día con lo monótono del día y de este sufrimiento que es el estar sin ti. Que dolor siente el hoyo que he cavado en mi pecho para ahondar cada día ese espacio en el que estás metido y no quieres salir de allí. Ay, cuentista y violinista de tejados que dejaste de viajar de puerta en puerta sin saber que vivía en una casa de cartón. Qué triste se ha vuelto el mundo y que fría está la mañana, cuando el calor que necesito, la gasolina para que este motor vuelva a rugir, es tu simple frase de: “Todo va a estar bien”.
Que memoria, que agonía.
Que doloroso y necesario se ha vuelto el recuerdo de tenerte en aquella cama, siendo las 9 de la mañana y no dejar de mirarte.
Qué triste se ha vuelto el recuerdo de tus besos sin saber que fueron los últimos que iba a recibir.
Que duro es borrar cada escena que imaginé de nosotros en la cocina riendo, abrazados y besándonos.
Que cortos esos momentos, que cortos esos días.

Que cortos se han vuelto los años pero cada día más larga la distancia. Que bruta, que tonta el quedarme callada y no decirte lo que siento. Que absurda realidad la de esta muñeca de porcelana.


lunes, 3 de marzo de 2014

Un mes después...

Realmente no concibo vivir en un mundo donde no estés, así sea alejado de mí.
Sé que es ridículo conseguir las maneras para seguir a pesar de que ese alguien ya no esté de la misma manera junto a ti, pero como dicen, el primer amor no se olvida.
Quedaste tatuado de por vida en mi alma y en mi cuerpo.
Sólo tú supiste quién soy en realidad, no hubo ningún momento en el que no era nadie más que yo. Tu y yo.
Me conociste en mis peores momentos y estuviste allí, volátil e impredecible. Inestable.
En mis letras queda un vacío, puesto que fue por ti que salieron a la luz. Crearon miles de historias en lápiz y papel que hoy por algún motivo no llegarán a ser.
Quédate con los dibujos y el cuaderno. Quédate con la foto y el dije.
Graba en tu memoria cada instante que pasamos en el apartamento. Mira la cocina y dime a qué te recuerda. Cambia las sábanas, no quiero que el olor de nuestros cuerpos derrochando pasión se adueñe del cuarto. Mírate al espejo y dime qué notas; estás solo, sin mí a tu lado.
Pasea en el auto y pasa por los lugares que me mostraste, ¿logras recordar cada una de mis sonrisas? Yo sí, aunque no esté en el mismo lugar ni en el mismo auto.
A pesar de todo no cambiaría por nada todos los recuerdos que tengo de ti. Sólo que hay una cosa, te dejaré ir.
Serás por siempre la persona más importante en mi vida, pero es hora de que yo diga adiós.
Te sabré en la distancia, la misma que nos separó desde hace tres años.
Cantaré cada una de nuestras canciones en este funeral que ya lleva un mes en mí.
Te extrañaré, sin duda, porque ¿dónde encontraré a alguien como tú? Ni siquiera quiero hacer el intento porque tú eres único.
Te agradezco todo lo bueno y malo que hiciste por mí, me hiciste alguien distinto, pero tuya a la final.
¿Quién es el dueño del palacio de agua ahora? Me diste el valor para amar, tanto como me diste el dolor del primer amor.
Yo me quedaré con tu firma quemando mi libreta y guardaré esa foto tuya y mía que no sé si llegaste a ver.
Forzaré mi mente para seguir recordándonos en aquel día que tanto amé.
Seguiré despertando sola en mi cama con el miedo de tener una enfermedad terminal, o con la ilusión de encontrarme a Lilian por la calle.
Me levantaré y pensaré en los niños -y Dios sabe cuánto me duele esto ahora- para ser la madre que dijiste que podría llegar a ser.
Y me acostaré con la tristeza en el rostro y en el alma creyendo que nada se dará y seguiré siendo tan miserable como lo creo ser ahora.
Me voy, no porque quiero sino porque así tú lo quisiste. Me dejaste ir.
El show ahora sí terminó y el Te Amo que cerraba el telón nunca llegó.



lunes, 3 de febrero de 2014

Al cuentista

Me es difícil realmente llegar a pensar en el "qué hubiera pasado", pero lo que más duele pensar es en un "qué pasó".
Vivo enamorada del cuentista sin fantasías y sólo puedo pensar en "qué pasó".
Querido cuentista, háblame, por favor.
Sal de la historia y píntate en la realidad macabra de este mundo sin ilusiones.
Píntame un mundo como tus historias de ensueño.
Haz que se rompa este maleficio.
Dibújate en mis días o píntame en los tuyos.
Narra una vida o mil si quieres.
Llena de tinta mi alma y de papel mis pensamientos.
Llena de alegría mis días y cangealo por unos besos luego.
Querido cuentista de mil amores, perdido en la noche en busca de amor.
Piérdete en mis sábanas y deja fluir todo lo que al alma incomoda.
Drena tus dudas y tus tristezas.
Hazme una historia que será siempre tuya.

miércoles, 29 de enero de 2014

Quién

Quién iba a pensar que la niña soñadora que era, a los 18 años en vez de ser cantante estuviera sumergida en vicios estúpidos, viviendo en otra ciudad, enamorada de alguien a distancia y loca por la escritura. Viviendo su día a día con el pensamiento de si contraerá una extraña enfermedad que acabará con la perspectiva de su futuro.
Quién iba a pensar que yo llegaría hasta aquí. Lo que me hace pensar que el futuro, por más que quieras, no va de la mano con un libreto el cual diseñas y tiene que regirse letra por letra.
Quién pensaría que mis padres se separaran por un capricho, por una aventura. No pensé en tener una hermana más (y no me sorprendería tener más, por lo visto. Dejemos las posibilidades abiertas).
A la final nadie piensa. No pensaba hoy o toda esta semana estar como zombie por situaciones ajenas de la vida y ajenas a mí; que mis caminos se iban a cerrar en un momento.
Quién diría, quién diría.
No pensaba estar inconforme con mi cuerpo o con, a veces, mi manera de hablar.
Que odiaría mi vista y de vez en cuando mis lentes.
No creí llegar a ser tan social como soy ahora y hasta a veces dejo de serlo.
Entrar en depresión, querer aprender inglés y adquirir ese raro gusto por viajar por más que odie las nauseas de la carretera.
Dejaría de morderme las uñas, comer  platos que antes aborrecía y llegar a enamorarme.
Todavía recuerdo la transición que había hecho de mis 12 años hasta los 18 en unos dibujos que, desgraciadamente, extravié y que me gustaría tenerlos en mis manos.
Dejé de cantar, en el sentido que mi voz  “melódica” cambió. Que la suplantó el gusto por escribir y por leer. Gustarme ahora el rojo cuando vivía y moría por el rosa, ew.
Verle sentidos distintos a la vida, conforme a las opciones que tengo.
El método científico no hizo de mucho en esto.
Conservé a mis amigos, después de todo y otros más se unieron a mi modesto círculo.
A pesar de todo no puedo decir  que no quisiera cambiar nada en todos estos años porque, créanme, de veras que quisiera;  PERO EL MUNDO NO ES UNA FABRICA QUE CONCEDE DESEOS.

Tocará seguir los caminos que hayan, estén abiertos o no y quedarme con mi extraña satisfacción de que viajar lejos de aquí me hace ser una persona totalmente distinta.

domingo, 26 de enero de 2014

Feliz aniversario

Bajaba del autobús, dispuesta a encontrarlo.
Mi equipaje sencillo me hacía fácil el recorrido hacia el centro de comunicaciones al que quería llegar.

-Una cabina, por favor.

El chico del mostrador me enseñó una sonrisa y me entregó la ficha con el número de la cabina a usar.

-Gracias.

Sólo podía repetir todo mi plan a ejecutar en mi mente.
"Tú puedes" era la único que me repetía.
Marqué los 11 dígitos en el teléfono y esperé a que su voz inundara mis oídos y pudiera empezar mi juego.
"Esto es una locura" decía mi sentido común.
¿Han sentido ese revolcón que te da en el estómago cuando estas ansioso o a punto de salir en público?
Pues así me sentí, y ¡qué estúpida! Sólo estaba esperando a que él contestara y no podía parar de temblar.

Un tono. Dos tonos. Tres tonos... no contestó

"Bueno, seguro está en clases"
Claro, salí un jueves al mediodía, para lo que hoy ya era viernes y él si tenía clases en la universidad a esta hora.
El recorrido había sido largo.
La idea era llegar y llamar desde un centro de comunicaciones para que viera el código de área; allí es que todo empezaría.
Salí de la cabina, pero me senté en una banca esperando máximo una hora para volver a marcarle o en su defecto, aunque no quisiera, mandarle un mensaje PIN.
Jugué con mi Blackberry, navegué un rato, hablé con mi prima y ya se había pasado mi hora.
Toda chica tiene un As bajo la manga, y pues claro me tocó usarlo ya que el querido chico al que venía a visitar no contestó su asombroso celular.

Le escribí un PIN diciendo:
Creo estar llegando a tu ciudad. ¿Dónde podemos vernos? No conozco ningún lugar aquí.

Introduje su dirección PIN y ya a las 5:30 pm salía la D confirmando mi envío.

Recibí una respuesta a los 5 minutos:
Vaya, la verdad no creo aún que estés justo aquí. Estoy saliendo de clases justo ahora.
¿Te parece vernos en el cetro comercial que está cerca del terminal? Ya sabes, para que no te compliques tanto.

Mi corazón rebotaba como loco dentro de mi caja torácica, a punto de darle un infarto fulminante al miocardio. Calme mi presión y le respondí que estaba bien. Él me dijo que llegaba en 30 minutos.
Tomé mi equipaje de mano, me puse mis inseparables lentes de sol junto a ese gorro que últimamente no dejaba de usar aunque hiciera un calor infernal.

Realmente soy de las chicas que poco le importa la opinión de las demás personas. Tantos golpes en la vida y revelaciones con otras personas aprendí a ser antiparabólica.
Pedí algunas indicaciones y creí llegar al lugar en el que mi chico me dijo.
No fui muy lejos y me quede cerca de lo que parecía la entrada de aquel sitio.
Temí estar en el lugar equivocado, hasta que lo vi llegar

-Hola -me dice muy tranquilo el hijo de playa este.
-Maracay es HORRIBLE, aunque la prefiero antes que a Cd. Bolívar -dije yo haciéndolo reír con mis comentarios fuera de lugar.

Él sólo me abraza. Claro, lo entiendo. Es lo menos que debería recibir luego de tanta ausencia por parte de los dos y su situación sentimental actual.

-Entonces, ¿me contarás cómo se te ocurrió esta loca idea y entre semana? -me dijo luego de que tomáramos asientos en unos bancos del centro comercial.
-Bueno, estaba en una de mis crisis existenciales de los miércoles, ya sabes que los odio; cuando mis amigos me invitaron a tomar unos tragos que me dijeron: "Oye, estas libre lo que te queda de semana y no viajarás a ver a tus padres ¡Visita a Andrew! Y heme aquí. Tome un autobús en la madrugada y llegue hace como tres horas.
-Vaya, sí que el alcohol te hace volar, jaja. Pero, atribuyamosle esta buena causa por su intromisión en tus miércoles de odio-mi-vida.
-Imbécil.

Y rió, como siempre recordé en llamadas y videochats.
Después de un buen rato charlando de cómo estaba la universidad, nuestros padres, amigos que conocíamos, etc; ya eran las 8 de la noche y el centro comercial cerraba dentro de poco.
Compramos una pizza para llevar, una cajetilla de cigarrillos y nos fuimos a un hotel.
Pagamos la habitación y seguimos hablando, como viejos amigos, pero con la pena de saber que lo había perdido como algo más.
Cometió la estupidez de pedirme acostarme boca abajo en la cama mientras se quedaba acostado de espaldas en el piso, según, por su seguridad mental.
Querido, lamento haber sacado los atributos físicos por los genes de mi madre.
Aunque la camisa roja con negro que cargaba tampoco ayudaba.
Esa que tanto le encantaba ver.

-Esto es estúpido -dije una vez que estábamos acomodados y con un cigarrillo acabado de encender-. En serio, ¿qué tienes en contra de mostrar mercancía?

Sabía que eso lo iba a hacer enojar.

-Porque NO. Y punto. Agradece que no te mande a taparte de pies a cabeza con las sábanas.
Aspiré el convertible y sentí la menta en mi garganta.
-Okay, imbécilo, sólo por hacer de mi estadía lo menos estorbosa para ti.

Exhalé el humo y sólo me miró.
Se levantó del suelo pero permaneció sentado.
Recostó su espalda en la cama, a mi lado y sólo sacó tu zippo y encendió un cigarrillo.
Fumamos media caja esa noche.
Disfrutamos del silencio hasta que llegamos al filtro.
Iba a encender otro cuando tomó mi mano y me miró como antes.

-Realmente te extrañaba mucho -musitó en voz baja.

No podía sostenerle la mirada, quería a llorar. No eran las palabras que esperaba escuchar.

-Tengo algo que darte -dije.
Busqué mi bolso en la cama y saqué un cuaderno, en él estaba aquella postal que prometí un día darle.
Le entregué el sobre, lo abrió y miró la foto.
- Hermosa -dijo.

No aguanté y lloré.

Me miró llorar durante unos 5 minutos, luego me abrazó y lloré una media hora más.
No me dijo nada, sólo se quedó allí quieto. Prestando su hombro.
Todo se me nubló. Vi que ya no me amaba como yo lo hacía.
Sentir su abrazo fue lo mejor y lo peor.

-No necesito tu lástima, nunca la he querido -me alejé de él mientras me limpiaba las lágrimas.
-Esta bien -dijo, y eso, me rompió el corazón.
-Son las dos -le dije levantándome de la cama yendo al baño-, quédate a dormir y me acompañas más tarde al terminal. Dejé unas cosas pendientes en Bolívar.

No le di tiempo para contestar y me metí al baño a ducharme.
El agua que recorría mi espalda parecía ácido, en vez de calmarme me dolía.
De todas maneras, ¿quién era yo para llegar como si nada a su ciudad, a su vida?
I'm Anything.

Al salir lo encontré en la puerta, sentado.
Se levantó, me miró a los ojos y me besó.
Yo sólo sostenía la toalla pegada a mi cuerpo e inconscientemente cerré los ojos y me dejé llevar.
Al llegar a la cama entre cada beso y cada prenda que quedaba, aunque fuera poca, me susurraba "te amo", "no me dejes", "eres tan hermosa", y hasta un "no pareces real".

Jamás en mi vida había creído en esas cosas de los fuegos artificiales al besar a alguien o que se te olvida tu alrededor y ni recuerdas tu nombre.
Pues me pasó.
Estando recostada en su pecho, arropada junto a él, me preguntó cuál era el motivo final de mi visita y le contesté: Sólo quería desearte un feliz aniversario, amor.

viernes, 17 de enero de 2014

La cita

Sólo estaba en el café y de repente él llegó como ángel caído del cielo.
Como príncipe azul salido de un cuento de hadas.
Vino directamente hacia mí y su tarjeta de presentación fue un beso quemando mi mejilla.
Su historia venía reflejada en sus hermosos ojos avellana.
Una sutil inocencia representada en las pecas dispersas en sus pómulos y nariz.
Su sonrisa fue el anzuelo perfecto para caer en su enredo.
Y ese: "Hola, ¿cómo estás?", en ese tono de voz fue una invitación de primera clase al cielo.
Su aliento fue más embriagador y lleno de una futura adicción que el vino más añejo que pueda existir.
Su porte envidiado por el mismísimo Arcángel Gabriel...
Y simplemente le respondí: Esperándote.
Sonó tan tierno que me era difícil reconocerme.
Las puertas de su alma fueron abiertas en el momento en que dije esa simple palabra.
El volcán hizo erupción al ver sus ojos brillar, y una sonrisa curva supo cautivar e iluminar más aún su rostro.
Y fue allí que caímos en esta situación.
Él del Centro y yo del Sur.
Y cada mes.
A las 10:36 am.
En ese mismo café repetimos una y otra vez el momento en que un "Hola, ¿cómo estás?"; cambió por completo nuestra manera de vivir y sentir girar el mundo.

jueves, 9 de enero de 2014

Mi mente y sus momentos

A veces odio mi capacidad para recordar.
Realmente la odio.
Dicen que para inmortalizar un momento no hace falta una cámara. La mente guarda imágenes más claras y vivas que una fotografía.
La mía, no tanto.
Mi cámara portátil, incluida desde que tengo memoria, no logra recordar caras.
Sí, recuerda algunas facciones, pero no las une.
También odio mi capacidad de reaccionar ante situaciones imprevistas.
No analizo al instante, sino a largo plazo.
La vez que nos vimos por primera vez, recuerdo TODO y ahora es que siento bien y le encuentro mitivos a mi mutismo y el no poder mirarte a los ojos.
Bobeando por tu sonrisa.
Tú riéndote de mí.
Mis mejillas más allá del rojo borgoña.
Tus manos y las mías.
Esos abrazos que anhelaba hace años.
Tu tono de voz.
El color de tus ojos.
Tu cabello, o lo poco que vi de él gracias a esa fastidiosa gorra que siempre traes puesta.
Sólo tú.
Sólo ahora me doy cuenta lo mucho que desperdicié y no aprovechar de forzar un poco mi mente e inmortalizarte más.
Ahora extraño lo que siempre tuve, un poco de tu voz.
Te extraño, y eso que sólo te he visto una vez.
Te amo desde que te hablé por primera vez.
Pero mi torpe mente y yo no te merecemos, ¿o tú no me mereces?
Quiero llevarte a la luna.
Sentir un calambre en mis labios.
Que se tranque mi circulación de tantos abrazos.
Que me de gangrena de tantas caricias y que se me congele la respiración por cada palabra dicha de tu boca.
Bailar el vals burlándonos del destino, y también de la muerte, ¿por qué no?
Ahogarme en un mar de lágrimas luego de decir un "Acepto" frente al altar y al oír el llanto de nuestro primer hijo al nacer.
Discutir porque nunca falta.
Y reconciliarnos. Tú entrando a la casa luego de un día de trabajo con un ramo de rosas y claveles. Yo con una cena sólo para los dos y arreglar el resto en la habitación.
Reuniones familiares, viajes.
Pero amo a mi mente cuando recrea cosas que pueden pasar en el futuro.
Pero sigo odiando el momento en que se le olvidó preguntarme qué quería recordar y qué no.
Sólo sé que tengo miedo de no recordar nada.
Mejor dicho, miedo a no recordarte.
A ti y a nuestros mejores momentos.