martes, 21 de agosto de 2018

Repito

¿No les pasa que quisieran congelar el tiempo? O que pase más lento.
Hay momentos que queremos congelar y apreciarlos en cada ángulo, a contra luz y hasta de cabeza.
Aguantar la respiración y mantener una fragancia la cual acabas de percibir dentro de tus pulmones y disfrutarla hasta que necesites respirar de nuevo.
O repetir un día una y otra vez, rebobinar para detallar en qué lo jodiste y reír por los momentos más divertidos o favoritos.
Congelar un beso, pasarlo en fotograma o en cámara lenta. Los pelos de punta y el sudor corriendo por la nuca. Lo pálida de tu cara y cómo se va tornando roja.
O simplemente para que una persona no se vaya. Recordar su risa, sus chistes malos, sus balbuceos y divagaciones en voz alta.
Ojalá fuésemos dueños del tiempo, el mundo no estaría lleno de tanta mierda.
Si bien no podemos llevar el tiempo hacia atrás podemos rectificar nuestros errores. Vivimos en constante adaptación y evolución en cada ámbito de nuestro día a día, ¿qué hay de malo en querer crecer emocionalmente?
Es tan rico sentir que tienes tantas ganas de amar y que te amen, hasta que viene el karma, que es una perra, y te voltea la tortilla aún estando cruda.
¿Qué hacer en esos momentos? Pues, somos jóvenes.
Lo primero, es disfrutar. Ya sea un amanecer luego de hablar tonterías toda una noche, disfrutar de un silencio prolongado y necesario o hasta disfrutar de un abrazo rompe huesos por un tiempo prolongado (empiezo a creer que los abrazos son sinónimo de pegamento).
Lo segundo, es vivirlo al máximo, acorde a la situación, claro está. Nada hacemos llorando y lamentando el no poder ser cuando puedes hacer valer mucho ese corto período de tiempo que te están regalando.
Y por último, siempre reír y recordar lo espectacular de soltar carcajadas de manera tan natural, sentir los músculos de tu cara doler por sonreír tanto y el calor de tus mejillas de tantas boberías que te colorean más que el rubor que te echas en las mañanas antes de salir.
Suéltate el pelo y suelta los temores con él, porque ya sabemos que quien no arriesga no gana, al igual que la amargura te puede matar el hígado.
Entonces, ¿Qué harás hoy? ¿Congelar y repetir el tiempo a tu antojo o perder el tiempo y que se te vaya la vida?



miércoles, 15 de agosto de 2018

Ensayo y error

Hace mucho dejé de escribir aquí y allí es donde me doy cuenta que hasta esa parte de mí la había perdido. Ya sabrán o entenderán el por qué.
¿Ustedes se acuerdan de la coraza de la que tanto me jactaba?
Pues esa coraza ha evolucionado con el tiempo. Si bien he dicho hace un tiempo que bajaron mis muros y me sentía liberada, no era más que un engaño puesto que había cambiado una prisión de mí misma a convertirme en prisionera de alguien más.
El amor debe liberar, no aprisionar. Por eso en esta oportunidad puedo notar el verdadero olor a la libertad y ser dueña de mi propio destino. Siempre lo he sido, sólo que quise darle esa potestad a otro y es donde todo cayó.
Cuando una relación se vuelve monótona y fría sabemos que pierde su magia, mas son las decepciones las que terminan matándolo como el peor de los pesticidas.
Recuerdo muchas veces cuestionarme el por qué seguía metida allí si nada me ataba a su tortura. Y es que el peor de los motivos para quedarse es la costumbre.
¿No se han dado cuenta que hasta el aire huele distinto? Porque es la desintoxicación de aquello que no te estaba haciendo bien.
Tuve que aprender a suturar cada herida no tanto por estética sino por mí, para que el golpe siguiente no tuviera el mismo impacto emocional tanto para mí, que me destruyera, como para él que lo hacía crecer y tomar poder. Ensayo y error, también le dicen.
No fue fácil. A un año de estar libre de estupefacientes, toxicidad y basura mental puedo decir que soy otra. Por mí, porque lo valgo, porque sé que siempre fui más y soy mejor que él. El ego que tanto criticaba se ha convertido en mi mejor aliado puesto que es mejor que el cemento para unir cada estructura nueva de este castillo.
Aprendí a ser feliz sin él y sin otra cosa que no fuera el respirar la fría brisa de la mañana, oler y degustar un café porque quiero prepararlo, caminar hacia donde se me pegue la gana porque sé cuál es el mejor camino que debo escoger, sentir el sol quemar cada parte de mi piel porque es certeza de que sigo viva y no te dejé entrar más en mí, disfrutar de la risa en los autobuses, de mis tropiezos con el aire porque yo soy así de torpe y lo más importante es que he sabido apreciar la magia y la belleza de un atardecer sin que me lleves a verlo.
Comprendí que puedo ser feliz sin necesidad de tener un hombre a mi lado y si lo tengo es porque me hará brillar más de lo que lo hago ahora. A su lado, no por encima ni por debajo de él.
De ti aprendí suficiente, no me mataste y sí me hiciste más fuerte.*