domingo, 26 de enero de 2014

Feliz aniversario

Bajaba del autobús, dispuesta a encontrarlo.
Mi equipaje sencillo me hacía fácil el recorrido hacia el centro de comunicaciones al que quería llegar.

-Una cabina, por favor.

El chico del mostrador me enseñó una sonrisa y me entregó la ficha con el número de la cabina a usar.

-Gracias.

Sólo podía repetir todo mi plan a ejecutar en mi mente.
"Tú puedes" era la único que me repetía.
Marqué los 11 dígitos en el teléfono y esperé a que su voz inundara mis oídos y pudiera empezar mi juego.
"Esto es una locura" decía mi sentido común.
¿Han sentido ese revolcón que te da en el estómago cuando estas ansioso o a punto de salir en público?
Pues así me sentí, y ¡qué estúpida! Sólo estaba esperando a que él contestara y no podía parar de temblar.

Un tono. Dos tonos. Tres tonos... no contestó

"Bueno, seguro está en clases"
Claro, salí un jueves al mediodía, para lo que hoy ya era viernes y él si tenía clases en la universidad a esta hora.
El recorrido había sido largo.
La idea era llegar y llamar desde un centro de comunicaciones para que viera el código de área; allí es que todo empezaría.
Salí de la cabina, pero me senté en una banca esperando máximo una hora para volver a marcarle o en su defecto, aunque no quisiera, mandarle un mensaje PIN.
Jugué con mi Blackberry, navegué un rato, hablé con mi prima y ya se había pasado mi hora.
Toda chica tiene un As bajo la manga, y pues claro me tocó usarlo ya que el querido chico al que venía a visitar no contestó su asombroso celular.

Le escribí un PIN diciendo:
Creo estar llegando a tu ciudad. ¿Dónde podemos vernos? No conozco ningún lugar aquí.

Introduje su dirección PIN y ya a las 5:30 pm salía la D confirmando mi envío.

Recibí una respuesta a los 5 minutos:
Vaya, la verdad no creo aún que estés justo aquí. Estoy saliendo de clases justo ahora.
¿Te parece vernos en el cetro comercial que está cerca del terminal? Ya sabes, para que no te compliques tanto.

Mi corazón rebotaba como loco dentro de mi caja torácica, a punto de darle un infarto fulminante al miocardio. Calme mi presión y le respondí que estaba bien. Él me dijo que llegaba en 30 minutos.
Tomé mi equipaje de mano, me puse mis inseparables lentes de sol junto a ese gorro que últimamente no dejaba de usar aunque hiciera un calor infernal.

Realmente soy de las chicas que poco le importa la opinión de las demás personas. Tantos golpes en la vida y revelaciones con otras personas aprendí a ser antiparabólica.
Pedí algunas indicaciones y creí llegar al lugar en el que mi chico me dijo.
No fui muy lejos y me quede cerca de lo que parecía la entrada de aquel sitio.
Temí estar en el lugar equivocado, hasta que lo vi llegar

-Hola -me dice muy tranquilo el hijo de playa este.
-Maracay es HORRIBLE, aunque la prefiero antes que a Cd. Bolívar -dije yo haciéndolo reír con mis comentarios fuera de lugar.

Él sólo me abraza. Claro, lo entiendo. Es lo menos que debería recibir luego de tanta ausencia por parte de los dos y su situación sentimental actual.

-Entonces, ¿me contarás cómo se te ocurrió esta loca idea y entre semana? -me dijo luego de que tomáramos asientos en unos bancos del centro comercial.
-Bueno, estaba en una de mis crisis existenciales de los miércoles, ya sabes que los odio; cuando mis amigos me invitaron a tomar unos tragos que me dijeron: "Oye, estas libre lo que te queda de semana y no viajarás a ver a tus padres ¡Visita a Andrew! Y heme aquí. Tome un autobús en la madrugada y llegue hace como tres horas.
-Vaya, sí que el alcohol te hace volar, jaja. Pero, atribuyamosle esta buena causa por su intromisión en tus miércoles de odio-mi-vida.
-Imbécil.

Y rió, como siempre recordé en llamadas y videochats.
Después de un buen rato charlando de cómo estaba la universidad, nuestros padres, amigos que conocíamos, etc; ya eran las 8 de la noche y el centro comercial cerraba dentro de poco.
Compramos una pizza para llevar, una cajetilla de cigarrillos y nos fuimos a un hotel.
Pagamos la habitación y seguimos hablando, como viejos amigos, pero con la pena de saber que lo había perdido como algo más.
Cometió la estupidez de pedirme acostarme boca abajo en la cama mientras se quedaba acostado de espaldas en el piso, según, por su seguridad mental.
Querido, lamento haber sacado los atributos físicos por los genes de mi madre.
Aunque la camisa roja con negro que cargaba tampoco ayudaba.
Esa que tanto le encantaba ver.

-Esto es estúpido -dije una vez que estábamos acomodados y con un cigarrillo acabado de encender-. En serio, ¿qué tienes en contra de mostrar mercancía?

Sabía que eso lo iba a hacer enojar.

-Porque NO. Y punto. Agradece que no te mande a taparte de pies a cabeza con las sábanas.
Aspiré el convertible y sentí la menta en mi garganta.
-Okay, imbécilo, sólo por hacer de mi estadía lo menos estorbosa para ti.

Exhalé el humo y sólo me miró.
Se levantó del suelo pero permaneció sentado.
Recostó su espalda en la cama, a mi lado y sólo sacó tu zippo y encendió un cigarrillo.
Fumamos media caja esa noche.
Disfrutamos del silencio hasta que llegamos al filtro.
Iba a encender otro cuando tomó mi mano y me miró como antes.

-Realmente te extrañaba mucho -musitó en voz baja.

No podía sostenerle la mirada, quería a llorar. No eran las palabras que esperaba escuchar.

-Tengo algo que darte -dije.
Busqué mi bolso en la cama y saqué un cuaderno, en él estaba aquella postal que prometí un día darle.
Le entregué el sobre, lo abrió y miró la foto.
- Hermosa -dijo.

No aguanté y lloré.

Me miró llorar durante unos 5 minutos, luego me abrazó y lloré una media hora más.
No me dijo nada, sólo se quedó allí quieto. Prestando su hombro.
Todo se me nubló. Vi que ya no me amaba como yo lo hacía.
Sentir su abrazo fue lo mejor y lo peor.

-No necesito tu lástima, nunca la he querido -me alejé de él mientras me limpiaba las lágrimas.
-Esta bien -dijo, y eso, me rompió el corazón.
-Son las dos -le dije levantándome de la cama yendo al baño-, quédate a dormir y me acompañas más tarde al terminal. Dejé unas cosas pendientes en Bolívar.

No le di tiempo para contestar y me metí al baño a ducharme.
El agua que recorría mi espalda parecía ácido, en vez de calmarme me dolía.
De todas maneras, ¿quién era yo para llegar como si nada a su ciudad, a su vida?
I'm Anything.

Al salir lo encontré en la puerta, sentado.
Se levantó, me miró a los ojos y me besó.
Yo sólo sostenía la toalla pegada a mi cuerpo e inconscientemente cerré los ojos y me dejé llevar.
Al llegar a la cama entre cada beso y cada prenda que quedaba, aunque fuera poca, me susurraba "te amo", "no me dejes", "eres tan hermosa", y hasta un "no pareces real".

Jamás en mi vida había creído en esas cosas de los fuegos artificiales al besar a alguien o que se te olvida tu alrededor y ni recuerdas tu nombre.
Pues me pasó.
Estando recostada en su pecho, arropada junto a él, me preguntó cuál era el motivo final de mi visita y le contesté: Sólo quería desearte un feliz aniversario, amor.

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